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Dieta de Bibliotecas

 DIETA DE BIBLIOTECAS

 


1 Ser gordo está mal visto.

Al gordo solo le queda ser comediante, sino muere sin amor. Re mala onda.  Pero pienso en lo cultural. En los libros que uno fue acumulando, en las muchísimas películas y series, en ese acto de leer de a cinco libros a la vez y estar: ¡ávido de novedades!, como decía el Tincho Heidegger, pues decía que andar buscando “lo new” es tener una existencia impropia.

Pienso en la biblioteca de los escritores. Paredes enteras. Algunos cuentan sus volúmenes. Tiran números. Pienso en donde van a parar esas bibliotecas cuando la vida se hace hincha de los atomos.

Pero esa gula casi mecánica parece que la tenemos todos, sea el rubro que sea. Si te gusta correr, hay un mundo de zapatillas, relojes, shorsitos y demás chirimbolos más para vos. Tengo amigos que coleccionan películas que ni el celofán le sacan. Hay algo profiláctico en este gesto. La descargan, la ven en “buena calidad”, pero esas copias no las tocan. ¿Tendría que replantear amistades?

Con los libros me pasa algo. Me interesa todo y los compro. Pago una inmortalidad a cuotas. Capaz un día pasó y me susurra y lo leo de un tirón. A veces necesitas la palabra de alguien para que esa bomba se active. Asi funcionan.

Uno se va alimentando de ellos con lo que escuchó o le interesa, o si se come el amague de los suplementos culturales del diario o las ciencias sociales, va tras cosas que mucho no sabe si le importan, pero hay que saber, hay que leerlos. Entonces, para estar en la pomada se va consiguiendo cositas. De saldos y ofertas en calle corrientes o librerías perdidas en el conurbano.

Haciendo notas mentales de libros, hasta en un papel, o detrás de los cuadernos donde escribimos nuestras cositas. Después ya uno tiene temas, y deja de perderse. 

Hay libros que uno sale a buscar y otros que se le aparecen. Eso siempre es así. Hoy con Mercado Vip, la cosa es diferente. Pero antes, los títulos le daban a uno un silbidito, como pepe grillo. La cosa es que se va desarrollando una técnica secreta de compra lee compra lee compra compra y así se va formando las montañas. 

Así, la  biblioteca va tomando forma de fat -Frankenstein. “Lo gordo”, entonces, como algo malo y que hay que combatirlo. Pero “¿por qué?” me pregunto. Porque mudarse mucho te aniquila. Mudarse y tener biblioteca es un anacronismo. 

La cosa es que las bibliotecas son la fabricación de un santuario, de una fe personal. Uno se detiene a su lado y planea lecturas como quien planea vacaciones. Va haciendo pilas y esas pilas son una nueva biblioteca nómade.

Me encantan los libros, como objetos, formar esa pared llena de ladrillos de saber. Pero en cada mudanza, me digo eso de adelgazar la biblioteca. Pero como gordo en pausa, sigue creciendo.

Busco, como el poeta que busca la palabra justa. La biblioteca justa.

2 El Aleph puesto a dieta

Es conocido en el mundillo literario (es decir 20 personas y dos cuñados) es el caso del escritor con bigotes graciosos, que engordó “El Aleph” de Borges. Kodama le hizo juicio, y ahí quedó. Pero la cosa es que se equivocó de procedimiento. Ese procedimiento es viejo, hoy el mundo pide dieta. Habría que escribir el “Aleph adelgazado”.

Borges, que es un atleta de 100 metros, no de maratones, siempre fue un autor de lo mínimo, “poeta menor” como le gustaba llamarse. Sabemos que el escritor con bigotes, Pablo Karadajian, buscó entrar al ágora con espuma, como recomendaba Nietzsche en su Ecce Homo, con eso de que siempre hay que buscar un enemigo para rebotar, y así se entra la arena. Es por eso que no hay publicidad mala. Si habla del producto, es publicidad.

La cosa es… volviendo al tema, es que con el tiempo y las mudanzas, los libros también se van mudando. Y pasan de cajones de fruta, cajas, pilas, bibliotecas prestadas, compradas, (siempre uno está en busca de la biblioteca perfecta), y uno va acomodando corte “tetris”(juego de family game consola de 8 bits) que pronto quedará estallada y comenzarán a rendirse. 

Uno va buscando técnicas ¿los pongos en vertical o horizontal? O acostados a lo ancho o a lo largo? ¿Los doy vuelta, para que nadie sepa que hay y no me robe, o le pongo papel blanco como hacía Laiseca y hago un inventario?

Cuando haces tú primera mudanza, tu Mamá dice: “¿no te vas a llevar todo esto?”, “dame un tiempito, mamita”. Así uno tiene una biblioteca en la casa que alquila y en la de su mamá. Pero al tiempo, se deben juntar, porque si no tú vieja tira todo. Ahora, resulta que el dueño del departamento quiere vender y así es la vida.

Mudar una biblioteca es mudar un bosque.

Con las mudanzas vienen las primeras dietas. No tener tu propia casa y tener biblioteca es un error conceptual. Me repito. Me acuerdo que había un cuento de Borges, de un hombre que viajaba del futuro, y lo recibía otro. El cuento está en “El libro de arena” y se llama “Utopía de un hombre que está cansado”. La historia trata de un viajante perdido en la pampa, que busca refugio en una casa. No se sabe bien, pero parece ambientada en el futuro. El hombre que lo recibe, le muestra un libro, de hace mil años, como si ese dispositivo fuera un tesoro, y el viajante le dice al hombre que en su casa hay más de dos mil ejemplares como ese. El hombre ríe y agrega:

Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado más de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, por esa tendencia a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.

No es que uno quiera esas casas cubos, todas blancas, como se muestra a los nuevos japoneses minimalistas, que tienen dos remeras blancas, un jean, y un abrigo.

Pero pienso en cuando sea padre, o ahora que soy tío, que te venga a visitar el niño y no tengas nada para mostrarle más que unos videos en la PC. Eso me gustaba de la casa de los abuelos. Esos cuartitos que se armaban en el fondo, bautizados “el galponsito”,  eran castillos llenos de tesoros. Cañas de pescar, herramientas, artículos de plomería que aún zafaban, cosas de electricidad, libros, bicicletas, escopetas, etc.  Toda esa generación tuvo su propia ferretería. Ojo, y no eran ricos, sino que se la fueron armando. Después, los abuelos mueren, y las familias saquean todo cual mongoleños, y lo que queda se tira, o queda para el que compró la casa del abuelo. ¿Por qué? Porque ya las casas de los hijos están llenas de nuevos chirimbolos y  además porque también fueron puestas a dieta. Las casas de los herederos siempre son más chicas, es la ley natural.

3 Sí Cosas

¿Andar flojo de equipaje es parte de no tener historia? ¿O más bien no tener la documentación que la respalde? Deleuze decía que los nómades no tienen historia, solo geografías. Hay un todo para pensar acá, con eso del lema de la agenda 2030: “no tendrás nada y serás feliz”, que te hace ver el mundo como turista porque estas aburrido. Que vas consumiendo productos como paisajes y estas obligados a dejar estrellitas. Pero solo si sos un privilegiado. Sino solo te queda la revolución o vivir penando.

Pienso en mi abuelo tito y en esa casa chorizo que era su reino. En las pelotudeces que hacía en el galponsito del fondo. De a poco. Pensando, adaptando piezas a cosas que ya no lo tenían. Que ya no existían, pero había que salvarlas. Dando una segunda vida a cosas que hoy serían descartadas porque es la clave del capitalismo.

Así como el coreano Byung Chul Hang, escribió “No cosas”, donde se plantea la desmaterialización de la vida, con esos hombres mirando pantallas, sacando selfies. Nosotros decimos “Sí cosas”. Tal vez las cosas justas, decimos como quien tiene hipo. Quedarse con los libros dinamitas, o los que nos acariciaron el alma. Después, dejarlos pasar. Compartirlos. Regalar a los estudiantes, a los de nuestra misma especie. A los que están arrancando sus fuertes. A la biblioteca de tu polis, volver a ese compartir con la comunidad. Mis libros, son tus libros.

 


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