DIETA DE BIBLIOTECAS _

Un síntoma de época puede ser la gordura. Es decir, el resultado de una vida sedentaria  y el miedo al futuro, hace a uno acumular cosas por si las dudas. Muy de cheto pudiente esto igual. Pero es como con la ropa, uno engorda, y no quiere darla  porque tiene la esperanza de volver a ser quién se era.

¿Con la biblioteca pasa algo similar?  Las bibliotecas son esas matas de pasto que crecen y crecen, si uno fue picado por ese mosquito de la cultura. Uno las va alimentando con lo que escuchó o le interesa, o si se come el amague del suplemento del diario y va tras cosas que mucho no le interesan pero para estar en la pomada, sino en esas caminatas en la calle corrientes compra lo saldado, los clásicos que nunca va  leerlos y así va formando su biblioteca “fat” Frankenstein.

 “Lo gordo”, entonces, como algo malo y que hay que combatirlo. Los algoritmos de nuestros click’s nos llenan de trucos para adelgazar, de fitness, de calistenia para el cuerpo y para la casa el minimalismo, la austeridad Papel y del Pepe Mújica:menos es más, menos pero mejor. Qué después de todo son Filosofías antiguas vueltas a actualizar, Epicuro, Hedonistas, etc. Las bibliotecas son la fabricación de un santuario, de una fe personal. Uno se detiene a su lado y planea lecturas como vacaciones. Va haciendo pilas y esas pilas son una nueva biblioteca Nómade. Con los años, se aprende el truco de la lectura y se va leyendo más con cara de ojete: “Esto ya lo vi, esto bla bla”. Si pasó por la Universidad, ahí se roba con la  multiplicidad de voces, la poli lengua y la mar en coche que lo hacen a uno ese mago enmascarado que ve a la magia como un secreto, y la función de uno es revelar sus secretos. Donde había un objeto mágico, en realidad se ven piezas de ingeniería. Pero bueno, volvamos por las ramas; uno fue juntando libros que no volverá a tocar, y lo sabe ¿Qué hacer?

El aleph puesto a Dieta

Conocido en el mundillo literario (es decir 20 personas y dos cuñados) es el caso del escritor con bigotes graciosos, que engordó el Aleph de Borges. Kodama le hizo juicio, y ahí quedó.  Pero la cosa es que se equivocó el procedimiento. Ese procedimiento es viejo, hoy el mundo pide el régimen, la dieta. Más en Borges., que es un autor de lo mínimo, poeta menor como le gustaba llamarse. Sabemos que el escritor con bigotes buscó entrar al ágora con espuma, como recomendaba Nietzsche en su ecce homo, y así hacerse conocido.

Alguién dijo, alguna vez, que el libro es un sarcofago. Sí, un cagoncito ahí acomodado en los nichos. Pero yo agregaría, con la virtud del renacimiento. Ese nacer privado ante los ojos del lector, y que solo él decodifica, que sólo él puede decir: ¡Lazaro, levantate y anda! Así que uno va armando su propio cementerio.

 Hoy la soberbia progresista de la época recomienda más haber leído y que leer, y sale por zoom con su biblioteca atrás, para Así Bourdieu y los muchachos del campus cultural quedan chochos.  O te manda a leer, porque no pueden explicarte nada de lo que explican, si le preguntas, salvo si le dan horas cátedra en un Posgrado,  y te duerme pasando power point’s.

La cosa es que con el tiempo y la mudanzas, los libros también se van mudando. cajones de fruta, pilas corte tetris apoyadas en la pared, estantes, o alguna biblioteca de pino que pronto quedará estallada como edificios del fonavi. Cuando haces tu primera mudanza, Mamá, dice: ¿no te vas a llevar todo esto? “Dame un tiempo mamá”. así uno tiene una Biblioteca en la casa que alquila, y en la de su mamá. Pero al tiempo se deben juntar, porque sino su mamá tira todo. Así que va a lo de su madre y saca todo. Ahora, resulta que el dueño del departamento quiere vender ¿Whaaaattttt?

Mudar una biblioteca es mudar árboles, me dijo un amigo. Y es verdad. No sólo por el papel, sino por el peso infernal, la imposibilidad de ponerlos en cajas. Es un calvario, es mudar un bosque. Después, volver a armar el santuario y comenzar la primera dieta. Que como tal, como toda dieta, fracasa los miércoles.

No tener tu propia casa y tener biblioteca es un error de concepto. Me acuerdo que había un cuento de Borges, de un hombre que viajaba del futuro, y lo recibía otro.

El cuento está en “El libro de arena”, y se llama “Utopía de un hombre que está cansado”. La historia, cuenta de un viajante perdido en la pampa, que busca refugio en una casa, que parece ambientada en un futuro. El hombre que lo recibe, le muestra un libro, de hace mil años, como si ese dispositivo fuera un tesoro y el viajante, le dice al hombre que en su casa hay más de dos mil ejemplares como ese. El hombre ríe y agrega:

“Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado más de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, por esa tendencia a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios” .

No es que uno quiera esas casa cubos, todas blancas, como se muestra a los nuevos japoneses minimalistas, que tiene dos remeras blancas, un jean, y un abrigo. ¿No transpiran éstos ponjas? Estos seres de luz viven con una PC, obvio Mac, y se arreglan con eso solo.

                   (¡el hijo de puta mete todo en el placard, hasta la cama está ahí!) 

Pero pienso en cuando sea padre, o ahora que soy tío. Que te venga a visitar el niño, y no tengas nada para mostrarle más que un videos en la pc. Eso me gustaba de la casa de los abuelos. Esos cuartitos que se armaban eran sus castillos llenos de tesoros. Cañas de pescar, mil herramientas, artículos de plomería que aún safaban, cosas de electricidad, toda esa generación tuvo su propia ferretería. Ojo, y no eran ricos, sino que se la fueron armando. Después mueren, y las familias saquean todo cual mongoleños, y lo que queda se tira, o queda para el que compro la casa del abuelo ¿por qué? porque ya la casa de los hijos están llenas de nuevos chirimbolos. ¿Andar flojo de equipaje es parte de no tener historia? ¿O más bien no tener la documentación que la respalde?

Porque uno no es sus cosas sino las experiencias que tuvo, pero ¿es así? Si uno anda yendo por ahí buscando experiencias – cosa que recomiendo- se llena de cosas que va juntando en lo de su mamá y en su casa de soltero. Tablas de surf, guantes de Box, aikidogi (ropa de aikido), consolas de video juegos, celulares viejos, pc viejas, etc. Cada objeto detona su propio recuerdo. ¿Si no despojamos de todo, que vamos a ser? Antes toda experiencia era vivida para meterla en un libro. Ahora por suerte hay youtubers, así que mueren menos árboles, aunque también ellos sacan libros como un kiosko más. Pero antes si uno quería aprender algo, habría que leer un libro. Ahora hay tipos que enseñan a cambiar el motor de un Gordini desde Santa Teresita por youtube. Impagable.

Uno se encariña con las cosas. El libro es una cosa más del mundo, como un cine portátil. Después del truco, deberíamos dejarlo ir. Habría que volver a las bibliotecas de barrio o llamadas “públicas”. Dejar ahí nuestro libros, saber que están  resguardado, por el sepulturero con obra social y afiliado a su sindicato. Que ese bien pueda ser usado por todos. Uno debe armarse una biblioteca, como ese ejercicio de la isla  donde dice qué libros te llevarías. Pero si todos somos islas ¿por qué armamos un rascacielos con los libros? Cain, ganó. Caín es el constructor de ciudades ¿qué diría Abel de esto?


MI VIDA FASCISTA Y YO_Luciano García


Ediciones del Trinche, hace años que viene trabajando en secreto desde Rosario, capital de la nada, y sacando una inmensa cantidad de libros de poemas, ensayos, novelas y cuentos; editando autores de Córdoba, Rosario, Capital federal y Temperley. 

Este libro de Luciano Garcia, “Mi vida Fascita y Yo” es un largo soliloquio, sobre escribir. Sobre lo más difícil, que en realidad no es escribir, eso la puede hacer hasta un algoritmo, sino, que lo más difícil es entrar a la pomada ¿Existe ese jet set? ¿Qué es? ¿Un grupo de chetos recibidos que dicen que existe y qué no? ¿Jubiladas que sólo leen en oficial y las novedades que les regalan desde editoriales españolas que traducen como el “coño”? ; allá ellos. García  propone lo más difícil, buscar un estilo. Si Casas recomendaba copiar a los que te llegan al alma, García trabaja mejor, y no escribe para los like de Palermo Soho (¿existe ésto?). El trabajo de la escritura no es otro trabajo, que trabajar sobre uno mismo. Que cómo decía Dalmiro Saenz, es incomodo escribir sobre uno mismo, se le acalambra a uno la mano, así que es mejor hacerlo sobre una mesa.  Uno escribe porque hay que volver, con mejores argumentos, y más fuerte también, así te re-cago a trompadas. Así que ya sabe, mientras usted lea, con la otra mano use su mancuerna. Siempre hay que esperar una Revancha. Hay ese aire en todo el libro. Un olor a novela inconclusa como las de Macedonio Fernandez, que nadie nunca entendió. El autor, o esa voz, va comentando temas, como el hallazgo de internet: “ desde que puse internet en mi casa – escribe (o para el caso: piensa) no necesito saber nada. Se acabó el sistema del saber para mi. Una suerte. Me liberé del funesto peso de la memoria. Me basta con entrar a Explorar”, el mudar la biblioteca, una vida que se va comentando, mientras no pasa nada más que uno mismo. Si como dijo Barthes el texto ya fue escrito “Lo que yo tengo que hacer e inventar al autor de mi Obra”. Es un texto que pide ser literario: “tengo nostalgias del lector, no me condenen a escribir en Facebook por favor”. ¿Por qué se escribe? ¿Por qué sacrificar una vida a la lectura y a la escritura? El autor nos dice: Ser póstumo. Pero disfrutarlo en la vida :

“¿Querían que me quisieran? Qué absurdo. ¡si ya me querían ! No había que hacer nada para eso. O bien: otra cosa, claro. Cualquier otra cosa hubiera bastado: ser baterista pop, modelo de ropa interior, poner maxikioscos, estudiar diseño gráfico y jugar los domingos en la liga de Provincia, ir a la facultad de abogacía y publicar un par de libros en la editorial del pueblo corregidos en algún taller literario del momento, trabajar, hacer deportes, hablar de fútbol y perseguir mujeres”

Dalmiro Saenz decía que lo que hay que tener en el futuro, además de  obra, es un agente publicitario. Porque hay tantos, que la cosa está en cómo se entra al ágora. 

“Aprender a no escribir es la nueva disciplina en la que estoy, que se divide en dos ramas: aprender a publicar y aprender a no publicar.”

Hay que escribir, parece que nos dice García, para dejar de hacerlo. 








una sirena, entre dos aguas.

 D esde que era chico, había un latiguillos entre mis mayores. Hablaban de argentina, como tierra prometida, muy al pasar, entre vasos de ce...